Espacio: Patio de Sant Jordi i Sant Domènec
Situación: Calle Sant Domènec, 14


Adrián Sifres es arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia. Complementó su formación en la FAUP (Faculdade de Arquitectura da Universidade do Porto) y después trabajó en el estudio portugués Menos é Mais Arquitectos. Durante esta etapa, colaboró en varios proyectos nacionales e internacionales, así como en la instalación creada por dicho estudio para la 15ª Bienal de Arquitectura de Venecia. Después de unos años en Porto, Adrián volvió a Valencia donde actualmente ejerce la profesión de arquitecto.

Con una arquitectura utilizada como instrumento de cambio, sus proyectos se basan en convertir las debilidades o deficiencias que presenta el lugar, en potenciales virtudes. La preocupación por el entorno y lo preexistente, y la importancia del papel de la arquitectura para mantener la esencia y la identidad del lugar, son las reglas que guían cada uno de sus proyectos.

Emoción. Euforia. Agitación. Delirio. Entusiasmo. Ilusión. El camino que conduce a la realización de nuestras pasiones es siempre una montaña rusa de sensaciones, pero es la obstinación y la misma pasión la que nos guía incondicionalmente, con un ímpetu desmesurado, a conseguir nuestras metas y los más profundos deseos. En cambio, el sistema y su engranaje a veces no respetan los tiempos necesarios y actúan de obstáculos que nos impiden alcanzar nuestros objetivos. Es entonces cuando caemos en la frustración, el desánimo y cuando las pasiones acaban cayendo en el olvido.

En nuestras tierras, así como en la mayoría de las construcciones mediterráneas, los patios son un elemento fundamental que forma parte de nuestro patrimonio. En tiempos de los romanos, el patio era concebido como un lugar donde vivir, dialogar y reflexionar. Destacaban dos elementos importantísimos: el Compluvium, u obertura realizada en el centro del patio, que permitía la entrada del agua de la lluvia, y el Impluvium, elemento que la recogía.

La instalación que nos propone el autor se sitúa en el corazón del patio, con una mirada al pasado para reinterpretar las funciones primigenias de los patios, convirtiendo el espacio en un “Impassium”, impluvium de pasiones.

La planta baja aparece cubierta mediante una gran tela roja suspendida en el aire, con una obertura en forma de óculo en el centro. De esta manera, se tiñe el espacio de rojo convirtiéndolo en un lugar de reflexión e introspección para el espectador.

En la primera planta, los visitantes pueden escribir su verdadera pasión en un trozo de papel y lanzarla por la cubierta de tela, para que sea recogida a través del óculo por el Impassium, sellando así un compromiso. Porque “Impassium”, más allá de una intervención efímera, es una forma de compromiso con nosotros mismos y con nuestro yo de la infancia que soñaba con tocar el cielo. Un compromiso para recordarnos qué nos apasiona, aquello por lo que debemos enrabietarnos, alzarnos y luchar; porque si es eterna la ilusión, será eterna nuestra pasión.